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La isla bonita

Juan llevando a un grupo de turistas en canoa a través de los manglares de su isla.

Juan llevando a un grupo de turistas en canoa a través de los manglares de su isla.

Al retomar este espacio de opinión decidí, para este primer envío, contar la experiencia de un grupo de habitantes de una pequeña isla que apuestan a seguir viviendo allí.

¿Qué sucede cuando un grupo de personas vive en una isla, la cual uno de sus lados más extensos sólo mide 4 kilómetros de largo? ¿Cómo hacen para afrontar la vida diaria? ¿Cómo generan trabajo? ¿Cómo llegan a un hospital para ser atendidos por un médico ante una emergencia? ¿Cómo hacen para comunicarse con el mundo?

Estas preguntas, seguramente se la formularán las personas que tienen la oportunidad de visitar una pequeña isla y darse cuenta que, en un pedazo de tierra en medio de la mar, con todas las limitaciones al estar aislados, advierten cómo se agudiza el ingenio. Comprenden cómo se puede hacer trabajar el cerebro para crear un “lugar en el mundo”.

Esto que relato, pasa en una de las islas del Archipiélago de Nuestra Señora del Rosario, más comúnmente llamadas Islas del Rosario, ubicadas a 46 kilómetros al suroeste de la ciudad de Cartagena de Indias, en la costa norte colombiana. Para llegar a las Islas es necesario viajar aproximadamente una hora en bote cruzando la Bahía de Cartagena.

Las Islas del Rosario están formadas por bancos coralinos, aguas cálidas y playas de arena fina. La transparencia de sus aguas y la placidez del lugar, invitan a nadar, bucear y a realizar recorridos contemplativos en canoas de remo, pues la belleza exuberante de las islas ofrece rincones de gran belleza. Pero la vida allí es muy dura si no somos turistas.

Tuve la oportunidad de estar en una de estas islas de este gran país latinoamericano, y hacer una excursión al interior de aquella para conocer sus manglares –árboles tolerantes a la sal ubicados en las desembocaduras de cursos de agua dulce de las costas tropicales– como pretexto para entender cómo sus habitantes trabajan en comunidad.

Mientras recorría este ecosistema, Juan, quien conducía la canoa, me respondía a una serie de preguntas que me intrigaban sobre la vida en ese lugar. Ellos generan actividades para atender al turista que llega, elaborando la comida, llevándolos en excursión y vendiendo sus artesanías. De esta manera, consiguen que el visitante viva la experiencia del lugar generando ingresos económicos.

No sienten necesidad de ir al continente, más allá de los trámites burocráticos que deben realizar, trasladándose en una lancha que usan para tal fin y para llevar, llegado el caso, los enfermos al hospital. Cuentan con una escuela con primaria y secundaria, a la que concurren aproximadamente 250 alumnos.

Pueden ver la televisión, tienen señal para usar los teléfonos móviles y poseen internet en la escuela, donde se conectan con la gente amiga a través del sitio web que crearon para tal fin.

Esta visita me dejó pensando cómo un grupo de personas emprendedoras, aun estando en una pequeña isla en un lugar aislado del mundo, pueden soñar en desarrollarse con el apoyo del Estado.

Repasando los datos del último Censo Nacional que dan cuenta del despoblamiento de las pequeñas ciudades del interior, ¿por qué no podemos evitar que la gente emigre de sus pueblos, si vivimos en un territorio interconectado?

Los vecinos, junto con los políticos, debemos poner sobre la mesa del debate la creatividad para solucionar este problema.

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