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Nuevos paradigmas en la arquitectura de nuestro territorio

Nota publicada en el diario El Esquiú el sábado 7 de noviembre de 2020

Vivimos en un medio artificial, que por más que pensemos que la naturaleza se incorpora en nuestro hábitat, éste es el resultado de la mano del hombre. Aquí está el punto en cuestión: cómo encaramos este equilibrio entre la necesidad del hombre de desarrollarse y el cuidado de la naturaleza.

Es oportuno hablar en esta ocasión, sobre una lección que nos han dejado los originarios peruanos en la ocupación de su territorio cuando conformaron el Imperio Inca. Si recorremos a través de la virtualidad el Valle Sagrado que rodea a la ciudad de Cusco, en Perú, vemos que podemos aprender muchos de los valores que hemos perdido en el tiempo.

El Valle Sagrado se desarrolla a lo largo del río Vilcanota-Urubamba y comprende los poblados de Pisac, Calca, Yucay, Urubamba y Ollantaytambo. El río une en su trayecto a dos de sus montañas más sagradas para aquella civilización precolombina. Según la National Geographic, el río era sagrado para la cosmovisión de los incas, quienes veían en su curso de agua la contraparte de la Vía Láctea.

Es oportuno mencionar que transitar el Valle Sagrado es parte del camino obligado que todos los turistas hacen para llegar a la ciudadela de Machu Picchu (que se ve en la foto). Al recorrerlo, nos encontramos siempre con la presencia del río, que se desplaza entre las terrazas de cultivo de la zona. Las montañas que se encuentran a su paso, poseen imponentes ruinas de ciudadelas fortificadas y, en su cima, nieves perpetuas.

Resulta sorprendente admirar la fusión que se produce en este medio natural con su cultura. La naturaleza y el hombre han logrado el equilibrio perfecto en el ideal de la sustentabilidad. La vida material y espiritual encajaron perfectamente en este Territorio y produce asombro cuando lo recorremos. Una emoción nos embarga al comprender que la Humanidad deberá volver a tener en cuenta ese paradigma de ocupación del suelo de los originarios, si es que quiere salvarse de su propia autodestrucción.

En nuestra educación tenemos incorporada una visión “eurocentrista”, señalada por Claudio Caveri en “Ficción y realismo mágico en nuestra arquitectura”. A propósito, hay una célebre frase que recuerda el autor mencionado y que nos permite adentrarnos en este fascinante viaje por nuestra realidad natural y cultural: “No hay pensamiento sin suelo y que no hunda los pies en su lugar… y la tierra es lo rugoso”.

Lamentablemente, luego de la conquista española, todo el legado de los originarios que ocuparon nuestro suelo fue prácticamente desbastado. Por eso resulta difícil ponernos a debatir desde este lugar también. Y aquí tiene un papel importante la Academia. En la flamante carrera de Arquitectura de la Universidad Nacional de Catamarca, estudiantes y docentes, tenemos la oportunidad de contar con un espacio para construir pensamiento sobre la necesidad de plantear nuevos paradigmas en la Arquitectura de nuestro Territorio, considerando la cosmovisión de nuestros ancestros Latinoamericanos.

Como dice Fernando de Terán, en su libro El Problema Urbano: “Asistimos a un enorme y veloz aumento del tamaño de las ciudades y las repercusiones que ello provoca en las relaciones entre ellas y los territorios que las rodean”. Citamos algunos efectos: hacinamiento, especulación del suelo, congestión circulatoria, escasez de viviendas, contaminación atmosférica, desintegración social y violencia, deterioro ambiental, dispersión de desechos y vertidos contaminantes, destrucción del paisaje natural, entre otros.

Al mencionar la ocupación del Territorio del Valle Sagrado por los originarios, en esa sana fusión entre la naturaleza y el hombre, nos lleva a recordar a Luis Caravati, quien entendió nuestro medio natural y cultural cuando se instaló en el Valle Central, dando lugar a una producción arquitectónica que logró la síntesis del objeto con el lugar y que llevaría a que nuestra ciudad contara con un tácito Plan Urbano Ambiental. Lo hemos logrado en otra oportunidad. ¿Estamos a tiempo todavía de reciclar aquel paradigma?

Por Basilio Bomczuk, arquitecto

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