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La agricultura periurbana como equilibrio del sistema territorial

Nota publicada en el diario El Esquiú el sábado 28 de noviembre de 2020

Estamos de acuerdo que las ciudades son un invento maravilloso que han venido potenciando las capacidades humanas a lo largo de los siglos; pero suele olvidarse que en el origen de las ciudades esta la agricultura.

El arquitecto Francisco Liernur al interrogarse sobre cuál es la relación entre los problemas habitacionales de las ciudades y su sistema de producción de alimentos, señala que “desde su nacimiento la ciudad fue posible porque la producción de alimentos se hizo de forma tal que permitió a la gente producir provisiones para dedicarse a constituir la civilización”.

Entre la ciudad y el campo, desde hace miles de años, funciona un ciclo que enriquece a uno y a otro que, cuando es virtuoso, redunda en beneficios para todos y si pierde armonía genera problemas.

Desde esta perspectiva del arquitecto mencionado, compartimos su punto de vista sobre los asentamientos precarios: “a éstos hay que repensarlos porque, a pesar que hace un siglo expertos y organizaciones vienen haciendo propuestas y accionando sobre el tema, el hecho es que estas poblaciones precarias de la ciudad no han dejado de crecer”.

Los asentamientos mismos forman parte, junto con el desarrollo urbano, la producción de alimentos y el conjunto del territorio, de un ciclo que los unifica. Para entender a éste quizás conviene pensar que en un polo está el mundo rural y en el otro el mundo urbano y que los asentamientos precarios son una de las expresiones de las tensiones de ambos polos.

Si las ciudades pueden ofrecer empleos estables, las personas van a integrase a sus estructuras de funcionamiento y al acceder a la vivienda, terminarán convirtiéndose en residentes permanentes. Sin embargo, si las ciudades no están en condiciones de recibirlos, igual terminarán siendo residentes permanentes porque encontrarán en ellas recursos elementales, para su subsistencia, agregando los beneficios de la vida urbana.

El costo es que, al no estar integrados a la vida urbana, se verán obligados a habitar en forma marginal. De una manera u otra habrá aumentado la población de las ciudades y el campo deberá tecnificarse para satisfacer la demanda de la ciudad y el ciclo se reiniciará y potenciará.

Para alimentar este crecimiento de la población urbana, también en las ultimas décadas se ha desarrollado un sistema industrializado de alimentos que, a primera vista, parece una solución pero que en realidad constituye un factor de aceleración del ciclo que se agrega a los ya existentes procesos de desertificación, que empuja campesinos a las ciudades acentuando este éxodo.

Según Liernur, es un error suponer a los asentamientos humanos como un problema, ya que no lo son en si mismo. Son síntomas de un desequilibrio del ciclo, cuya solución requiere aproximarse a encarar el tema del Territorio en su totalidad. Hay que establecer nuevas acciones entre campo y ciudad.

Situándonos en el área Central de Catamarca (como ilustra la fotografía) y considerando la hipótesis del arquitecto Francisco Liernur, existen dos aspiraciones en nuestro Territorio que queremos visibilizar para establecer nuevas acciones entre campo y ciudad.

En un caso, el proyecto de un programa para la conservación y desarrollo sustentable en un Parque Agrario del Valle Central. La iniciativa parte de un convenio de la UNCA con organismos internacionales. Evaluarán los impactos negativos del crecimiento urbano en paisajes, patrimonio cultural y ecosistemas.

En otro caso, el proyecto estratégico de diseño e implementación de un Modelo tecno-productivo-comercial frutihortícola del Gran Catamarca, promovido por la Municipalidad de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca.

Está claro que la agricultura urbana y periurbana brindaría un equilibrio del sistema territorial. No es una utopía. Recobrar la armonía del ciclo de campo y ciudad, que ha venido existiendo a lo largo de milenios, es posible y solo depende de nosotros.

Por Basilio Bomczuk, arquitecto

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